Mamá, tengo que decirte algo .
. .
“Necesito hablar contigo mamá. Tengo algo
que decirte, pero temo que ya no me ames.” Mi hijo de quince años estaba
recostado junto a mí en la cama en nuestra acostumbrada tradición de
conferencia familiar. Los chicos sabían que contaban con toda mi atención
cuando ya estaba en la cama.
Lo aseguré que no importaba lo que me dijera, lo
seguiría amando. Vaciló un poco y le era difícil ir al grano. Creía que iba a
decirme que era gay. Durante años sospechaba que era gay y esperaba que esta
conversación tuviera lugar eventualmente para que tomáramos
parte en el sistema de apoyo de la comunidad gay. Sin embargo, mi hijo tenía en
mente algo completamente distinto.
Dijo él, “Necesito ser una chica. Soy una chica por
dentro. Me gustan los chicos, pero en la forma que les gustan a las mujeres, no
de la manera gay. Me he sentido de esta forma durante años, y tú sabes lo
femenina que soy.”
Así es que esto es lo que lo había estado incomodando
los últimos meses. Al principio yo no sabía que decir. Lo abracé y pensé,
“Oprah Winfrey, ¿dónde estás?” Raramente veía televisión y mucho menos
programas diurnos de charlas, así es que no había sido expuesta a esta
situación anteriormente. Todo parecía moverse en cámara lenta. Sentí que mi
vida daba un giro permanente y que nunca volvería a ser lo mismo.
Después de un largo silencio preguntó: “¿Qué vamos a
hacer?”
“La verdad es que no
sé qué hacer, pero lo averiguaré,” le contesté.
Después que reímos y lloramos juntos, le pregunté,
“¿Alguna vez te has puesto mi ropa?” Su respuesta fue, “nunca me pondría
tu vieja ropa rara,” y lo creí. Además de ser más grande que él, yo sabía que
él no aprobaba mi ropa porque no iba con la moda. Me regañaba por mi
falta de interés en la moda o maquillaje o peinados. Me solía decir: “Tú eres
una mujer y puedes hacer todas esas cosas, pero no las haces. Eso es un
desperdicio!”
Hablamos de su niñez.
Admitió haberse probado la ropa de sus primas.
Se sentía feliz cuando alguien lo confundía con una niña debido a su
apariencia femenina, aunque yo siempre le había asegurado que lucía lo
contrario. Él siempre se sintió mal cuando yo hablaba de lo orgullosa que
estaba de mis tres hijos. Con frecuencia agregaba, “Qué bueno que no tengo
hijas, porque son más difíciles de criar.” A veces yo decía, “El mundo todavía
no está listo para una hija que yo hubiera criado, porque la animaría a
ingresar a las ligas pequeñas o ser piloto de avión de caza o hacerse
presidente. Cuán profético resultó, ya que estoy criando una chica para quien
el mundo no está preparado. Siempre les dije a mis hijos que al crecer podrían
hacerse lo que quisieran, pero nunca soñé que uno de mis niños querría ser una
mujer.
“Sólo quiero ser normal, y normal significa ser mujer.
Estoy cansado de no ser yo mismo. Estoy cansado de estar confundido. Sólo
quiero ser una chica. No tengo un futuro como hombre. Quería huir de casa para poder
ser una chica donde nadie me conociera, pero sabía que te haría daño.” Le pregunté si deseaba cambiarse a una nueva
escuela e ir como chica el próximo año. “Puedo salir del paso a pesar mío
como chico,” contestó, “pero tampoco creo que ir a la escuela COMO chica sea la
solución, pues sólo me estaría escondiendo y fingiendo desde otro lado.” Él
deseaba SER una chica, no sólo vestirse como tal.
Finalmente se quedó
dormido a mi lado. Mientras tanto mi mente estaba bien despierta
formulando docenas de preguntas. Qué sucede con estos chicos? Es esto
sólo una fase? Es esto una parte de ser gay? Desaparecerá todo si no le
hago mucho caso? Hay algún nombre para está condición? Suele suceder esto
a las personas tan jóvenes y pueden cambiarse? Pueden llegar a tener éxito en
la vida? Yo quería información y la quería inmediatamente, a medianoche!
¿Qué hace una madre en esta situación?
Cuando mis hijos venían a mí con una cortada les ponía una curita y un beso
para que se mejorara, pero no tenía curitas para este problema. Sabía que su
vida sería difícil y triste. ¿Cómo podría ayudar una madre y
sería el amor de una madre suficiente? ¿Era yo
lo suficientemente fuerte para manejar esto? Yo pensaba que conocía a mis hijos
bastante bien, pero no tenía ninguna idea que la vida de Daniel estaba tan
turbulenta.
* . * . * . * . *
Esto fue el inicio de tan sólo un capítulo más en mi
vida poco convencional. Pasé unos años de mi niñez en África, con mis padres
misioneros, así que estuve expuesta a viajes, aventuras e intentos de cambiar
el mundo. También era el tipo “contra lo establecido,” “de vuelta a la
naturaleza” y me había dado de baja de la universidad para ofrecer mi tiempo y
talento como voluntaria en una escuela en un pequeño poblado mexicano. Allí
conocí a Salvador, un hombre con hermosos ojos latinos, un hombre cuyo mundo se
limitaba a un pueblo tan pequeño que tenía un solo camino pavimentado. Su
estilo de vida sencillo y autosuficiente me pareció atractivo. Cultivábamos
nuestros propios alimentos, teníamos una vaca y yo hacía nuestra ropa.
Vivíamos en una vieja casa de adobe sin agua o
electricidad. Después que nació nuestro primer hijo David, nos mudamos a
California, la primera de varias mudanzas entre México y los Estados Unidos.
Después que nacieron Benjamin y Daniel en California, volvimos a México a una
casa nueva y moderna, la cual tardamos varios años en construir. Meses después,
nos cayó una torrentada durante las extraordinariamente fuertes lluvias de
primavera. Durante varias horas los niños y yo estuvimos abandonados en la
litera de arriba, como en una isla desierta, mientras mirábamos flotar los
muebles hacia afuera por entre las puertas dobles, rumbo al río.
Afortunadamente nos rescataron antes que toda la casa se derrumbó.
Durante diez años
traté de probarle a todo el mundo que podía hacer funcionar el matrimonio,
hasta que vi la realidad cuando empecé a resentir que Salvador estaba tratando
de aislarnos incluso de su propia familia. Finalmente me decidí irme,
llevándome a los niños conmigo, de tres, cinco y nueve años.
Su padre dijo, “Ya
que te vas llevándote a los chicos, espero que puedas mantenerlos. Si deseas
ayuda puedes regresar a vivir conmigo.” Salvador mantuvo su palabra y no
proveyó ningún tipo de ayuda, y no regresé nunca a vivir con él, ni le pedí
ayuda económica.
La vida no me era fácil como madre sola sin recibir
ayuda para los niños. Sentía un pánico constante respecto al dinero, esperando
siempre que terminara el mes antes de que se terminara el dinero. A veces
vivíamos en la ciudad, a veces en el campo, con una variedad de mascotas: un
perro destructivo, un pájaro, un pez y un caballo. Hubo rutas de periódico,
lecciones de música y campamentos de verano.
Después de cuatro años de recibir asistencia pública,
empecé a trabajar de tiempo completo como archivista en un hospital y Daniel
comenzó la escuela. Tomé un segundo trabajo, lo que hizo posible tener un techo
y comida en la mesa. Sin embargo, no me dejó mucho tiempo para estar con los
muchachos. Aprendieron a cuidarse a sí mismos unos a otros. En mi mente
había siempre el temor latente de que la Agencia de Protección de los Niños u
otro autoridad descubriera a los niños solos en casa y me los quitara. Casi
sucedió cuando la policía acudió a una llamada frívola al 911 (emergencia)
desde la casa por una niña vecina. Encontraron a Ben de doce años y a Daniel de
diez, solos. La ley permitía que un niño de doce años estuviera solo, pero no
cuidando a un niño menor. Ben y Daniel les ofrecieron a los policías sandwiches
de crema de cacahuate y les pidieron ayuda con un juego de computadora. Los
policías llegaron a la conclusión que estaban bien alimentados y eran buenos
niños. Se fueron con la advertencia que su madre encontrara a alguien que los
cuidara durante las ocasiones que debieran estar solos debido al horario de
David.
David se volvió mi ayudante confiable y niñero de sus hermanos menores –
incluso tomó un curso de la Cruz Roja de cuidar niños. Mis hijos eran bastante
autosuficientes, pues habían aprendido a hacer las compras de mandado, hacerse
de comer, lavar ropa y manejar dinero. Podía darles $20 cuando era todo lo que
tenía para comida hasta el fin de la semana, y ellos decidían que hacía falta
comprar. Ben podía calcular la suma total de sus compras con un margen de
centavos, para no tener que sufrir vergüenzas a la hora de pagar. Me ayudaban a
escribir cheques y balancear mi cuenta bancaria. Ellos entendían que
necesitaban ayudarme por mantenerse fuera de
líos. No deseaba que se preocuparan, pero necesitaba su ayuda y creía en
aceptar la realidad.
Teníamos que mudarnos con frecuencia porque era necesario vivir donde
encontraba trabajo, o había problemas con los vecinos o con compañeros de casa
o con la escuela local o el dueño del apartamento aumentaba la renta. Inclusive
nos mudamos temporalmente a la costa este, viajando ida y vuelta por autobús
Greyhound. Éramos un equipo, por lo tanto mis hijos siempre me ayudaban con las
decisiones en cuanto a mudarnos. No hacía reglas pues no estaba en casa para
hacerlos cumplirlas. Los crié según la teoría que esperaba que fueran buenos y
lo serían. Permitía que aprendieran de sus errores. Si
se desvelaban, al día siguiente les era difícil levantarse para el
trabajo o la escuela. Ellos mismos ponían su despertador porque muchas veces me
iba a trabajar antes que se levantaron.
Mis hijos crecieron sin Dios aunque no tenía idea de cómo criar niños sin
religión. Me crié en un hogar cristiano conservador donde el pecado, el castigo
y la culpa parecían estar esperando en cada rincón. Mi creencia es que soy
responsable por mis acciones. Si hay un Dios, Él no necesita mi adoración ni mi
dinero. No creo que él esté envuelto en los acontecimientos diarios de la vida
de cada persona. Pero sí me gustaba pensar que en algún lugar allá arriba había
una fuerza femenina vigorosa cuidando de mis hijos cuando se encontraban fuera
de mi vista--una abuela celestial.
El gran sentido del humor y de responsabilidad de David me ayudaron a
mantener las cosas en perspectiva. A los dieciséis años obtuvo su licencia de
manejar y mi madre le regaló un carro usado. Me senté con
él y le dije: “Ahora que la abuelita Clela te ha regalado un auto, tenemos que
hacer reglas tocante a manejar.”
Me preguntó “Por qué?”
Después de pensarlo, no pude darle ninguna razón
lógica porque David siempre había demostrado una madurez excepcional. Así fue
que juntos decidimos que no hacían falta reglas mientras que él fuera
responsable y se quedara fuera de líos. Y nunca hubo problemas. A menudo
llegaba a casa de una cita o actividad escolar, me despertaba y se sentaba sobre
la cama junto a mí mientras me relataba todo concerniente a su noche. Incluso
cuando yo estaba muy cansada, me daba gusto que quisiera platicar conmigo
porque me encantaba ser parte de su vida.
Ben, quien es cuatro años menor que David, y muy
brillante, no sentía que la escuela le brindara un reto, ni siquiera en las
clases para alumnos dotados. Tenía un interés agudo en el dinero y mostraba
signos de ser emprendedor desde niño. A veces
ofrecía limpiar mi bolsa del cambio suelto, o recortar cupones para
artículos que usábamos con regularidad y con gusto le daba lo ahorrado. Cuando
teníamos ventas de garaje, era Ben quien etiquetaba la mercancía y manejaba el
dinero. En tercer grado escogió el corno barítono y tocaba en la banda. El
corno estaba casi tan grande como él, pero diario lo remolcaba a la escuela en
un transportador de bote de la basura. Se volvió muy diestro tocando ese enorme
corno durante la escuela preparatoria a medida que aprendía otros instrumentos
de metal. Aprendió hábilmente las destrezas de la computadora y era un buen
atleta sobresaliendo en cualquier deporte que intentaba. Por ser el hijo de en
medio, sólo dos años mayor que Daniel, tal vez lo descuidé un poco, pero salió
adelante por sí mismo.
¡Luego era Daniel! Era un niño amoroso que se arrimaba
cariñosamente, pero ¡era un manojo! No llegó a la edad terrible
de dos años hasta que cumplió los cinco y pensaba que nunca pasaría esa etapa.
Siempre me ponía a prueba hasta el límite. Si yo decía “no” en cuanto a tocar
alguna chuchería en una repisa, apuntaría cada una para ver si diría: “no”.
Uno de sus pasatiempos favoritos cuando tenía a eso de
tres años era cepillarme y arreglar mi largo pelo ondulado. Al empezar su
adolescencia me arreglaba mis bucles en un peinado espectacular para alguna
ocasión especial. Estaba muy consciente de la moda y siempre al tanto de los
estilos que estaban al día. Por lo general escogía para sí estilos unisex en
colores brillantes, lavándolos luego a mano para que no se destiñeran. Cuando
yo iba a comprar ropa para mí, le gustaba acompañarme para darme consejos.
Retrospectivamente, pienso que ya que Daniel no podía usar modas femeninas
estaba viviendo de manera vicaria por medio de mí.
Ben y David trataron sin éxito de interesar a Daniel
en juegos más toscos. Sin embargo, salió muy diestro en el arte de la defensa
personal cuando sus hermanos lo molestaban o le hacían burla. En cierta ocasión
llegué a casa y encontré a los dos chicos mayores acorralados en un rincón,
mientras que Daniel esgrimía un palo de escoba que usaba muy eficazmente si
trataban de escaparse.
La mayoría de los deportes no le interesaban a Daniel,
pero disfrutaba de patinar y tomó clases de zapateado y gimnasia. Ya que tenía
pocos éxitos escolares, yo lo animaba en estos intereses para alzar su
seguridad de sí mismo. Tenía un talento especial para la gimnasia y sus
hermanos lo elogiaban cuando se paraba de manos, daba un salto mortal con una
mano y otros trucos más allá de lo que ellos podían hacer.
Daniel siempre prefirió jugar con niñas en vez de
niños. En la caja de juguetes en la casa
de la abuela Clela, la vieja muñeca era su favorita. A Daniel le gustaba coser,
cocinar y limpiar la casa. Ya que yo pasaba muy poco tiempo en estas
actividades tradicionalmente femeninas, no estaba siguiendo mi ejemplo. El
reacomodaba los muebles a su gusto y buscaba cuadros y otros artículos para
decorar las paredes.
Después de mucho trabajo, empecé mi propio negocio recopilando
estadísticas de cáncer. Trabajar por mi propia cuenta era apropiado para mi
personalidad porque me gusta controlar mi propia vida. También me permitía
tener un horario de trabajo flexible. La paga era suficiente, de modo que ya no
teníamos que contar centavos y podíamos salir de deudas. Me enorgullecía que
era yo quien ganaba el pan; estaba proveyendo para mi familia y haciéndolo
mejor que muchas familias con dos padres. Las mujeres en nuestra sociedad pocas
veces tienen tal oportunidad. Muchas madres solas que
conocía estaban desempeñando el rol de víctima, dependientes de los caprichos
del padre para proveer sostenimiento para los hijos. Durante años soñé con
alguien con quien compartir la responsabilidad y las alegrías de ver crecer a
mis hijos. Sin embargo, la mayoría de los hombres con quienes formé pareja
aumentaron mis responsabilidades y no disfrutaban de los chicos tanto como
había esperado. Estar sola me venía bien, pues los chicos eran el foco de mi
atención y preocupación.
Cuando Daniel terminaba el octavo grado, vi señas de
que aumentaba la tensión. Parecía disfrutar de la escuela y de asociarse con
los demás estudiantes, pero algo le molestaba. Por la noche le era difícil
dormirse y muchas veces no dormía bien. Sabía que debía dormir bien para
sentirse descansado para la escuela al día siguiente, así que tratamos leche
tibia, mirábamos televisión aburrida, cantábamos canciones de cuna, contábamos
cuentos y hacíamos el ejercicio mental de “caminar por un bosque oscuro y
amistoso, te estás sintiendo cansado.” También hablábamos acerca de una gran
variedad de temas.
En una ocasión dijo: “no sé quién soy.”
Le respondí: “la mayoría de los adolescentes se
sienten así. La mayoría de los chicos en tu escuela probablemente se sienten de
la misma manera.” Me preguntó: “Cuando termino la adolescencia, ¿ya no voy a
sentir así?”
“Así es. Sólo tienes que terminar la adolescencia.”
Qué poco sabía lo difícil que iba a ser pasar esos pocos años siguientes.
* . * . * . * . *
Durante el segundo año de la escuela preparatoria de
Ben, se fue a vivir con David, quien asistía a la universidad en Phoenix. No
era fácil dejar que Ben se marchara de la casa cuando todavía estaba jovencito,
pero solucionó varios problemas. Daniel, Ben y yo vivíamos en el campo, a una
hora de camino en autobús de la escuela preparatoria más cercana. El horario de
mi trabajo me impedía llevarlo de ida y vuelta por carro a la escuela, lo que
hacía que Ben se sentía bastante aislado. Se sentía desdichado porque el
problema de transporte no le permitía participar en la banda después de clases
o en actividades deportivas. David vivía en un apartamento pero tenía el
problema de encontrar a compañeros de cuarto que fueran responsables. David
sugirió que Ben podría vivir con él y asistir a la escuela cercana.
Me sentí triste de que Ben se tuviera que marchar y un
poco aprensiva tocante al arreglo, pero Ben quería intentarlo. Además, si no
funcionaba, podría regresar a casa. La parte del alquiler del apartamento que
le tocaba a Ben pagaría yo; por lo demás, se sostenían a sí mismos. David y Ben
tenían una tarjeta de crédito por mi cuenta, que podían usar acaso que
necesitaran dinero inesperadamente. Nunca la usaron sin avisarme y nunca la
usaron de manera indiscreta. Me sentía orgullosa de la manera responsable que
fueron a la escuela, trabajaron, pagaron sus cuentas y que no se perdieron de
vista el uno del otro.
No sé
quién soy
Cuando ha sido posible, he permitido que mis hijos den forma a sus vidas,
tratando de no refrenar sus esfuerzos aventureros debido a mi ansiedad.
Estaba orgullosa que David y Ben me probaron que comprendieron el sentido de la
responsabilidad. Mis amistades se asombraban de este arreglo poco usual. Los
padres con frecuencia no son capaces de manejar a sus hijos adolescentes que
viven en casa, mucho menos confiar en que un par de hermanos tomen control por
completo de sus vidas a una distancia de 400 millas de la familia.
Mis días de criar niños casi habían terminado: había luz al final del
túnel, tan sólo que no me había dado cuenta qué tan largo era el túnel.
* . * . * . * . *
Después de su revelación, Daniel estaba
en paz y calmado, pero yo era un caso perdido. Trataba de mantener una
compostura aparente, pero mi mente no funcionaba bien debido al estrés y falta
de sueño.
La mañana siguiente, Daniel pasó horas frente al espejo en mi cuarto. Se
arregló el cabello, se puso maquillaje, se rasuró las
piernas y creó un par de “shorts” cortitos de unos pantalones largos. Cuando se
ató una camiseta apretada por encima del ombligo, sí parecía una chica. Era
asombroso mirar la transformación. Sin embargo, en público todavía se vestía
estilo unisex, y aún no quería que les dijera a sus hermanos.
Cuando fuimos de compras más tarde ese
día, Daniel dijo que necesitaba ropa interior y me preguntaba si pensaba en
pantaletas. No le pregunté, sólo le dije que tomara lo que necesitaba porque no
quería meterme en el asunto. Escogió sus trusas de costumbre y yo suspiré de
alivio. Traté de ver alguna señal – no sé de qué.
Le pedí a un amigo que se viera conmigo en el centro
comercial porque de verdad necesitaba hablar con alguien. Ella había adivinado algunas veces al azar
cuál sería la causa de mi problema, pero yo sabía que nunca atinaría. Cuando se
enteró de la causa de mi consternación, estuvo de acuerdo de que nunca la
habría adivinado. Pensaba que la condición se llamaba disforia de género
o transexualismo. Me aconsejó que investigara el tema en la biblioteca médica
del hospital de la universidad cercana.
Otro amigo quien conocía bien a mis hijos expresó su
apoyo, pero tampoco sabía mucho de problemas de género. Sin embargo, unos días después
me llamó con información preocupante. Un amigo gay de él le había dicho que los
transexuales tienen una vida más difícil aún que los gays, porque se encuentran
al final del espectro en términos de aceptación por la sociedad. También
expresó compasión por nosotros porque él sabía que teníamos un camino duro por
delante y sugirió que yo fuera al centro de Gays y Lesbianas para buscar más
información.
Daniel había ido a visitar a sus hermanos tan pronto
como terminaron las clases. Ben lo trajo de regreso y estaba de visita desde
Arizona para el día festivo del Cuatro de Julio. Estuve todo el día a punto de
llorar. Contrario a los deseos de Daniel, le dije a Ben la razón de mi
aflicción porque necesitaba compartirla con alguien. Ben dijo: “No tiene
importancia. Daniel probablemente necesita más atención.” Cuando Ben estaba
listo para regresar a Phoenix, Daniel quería acompañarlo. Deseaba poder ir de
compras al centro comercial de Phoenix como una chica sin tener miedo de
encontrarse con sus amistades. David y Ben aprobaron el plan pues les gustaba
que Daniel cocinara y mantuviera limpio el apartamento mientras ellos
trabajaban o asistían a la escuela. Daniel había pensado tentativamente en
varios nombres femeninos tales como Jasmine o Danny, pero parecía haberse
decidido por Danielle.
Mi instinto me indicaba que durante la
segunda visita de Danielle a Arizona estaban por ocurrir sucesos muy
importantes así que hablaba con mis hijos casi diariamente para ser parte de
ello.
Danielle me contó de Denise, quien era una buena
amiga y vecina de Ben y David. Denise había conocido una transexual y reconoció
los signos en Danielle, así que la tomó bajo su cuidado. Mientras los hermanos
mayores andaban fuera, ella y Danielle experimentaba con el cabello y
maquillaje y hacían todas aquellas cosas que hacen las amigas--las cosas que
Danielle siempre había anhelado hacer. Danielle me confesó que se había llevado
algo de mi maquillaje – maquillaje que me había animado a comprar un año atrás
cuando lo vió por televisión. No me importó porque rara vez lo usaba. Danielle
me mantuvo informada tocante a todas las nuevas cosas que estaba haciendo, y me
contaba de todo lo que compraba durante sus idas al centro comercial con
Denise. David usaba mi tarjeta de crédito para obtener efectivo por adelantado
para el uso de Danielle y ella me informaba cuánto pagaba por cada artículo
porque le mortificaba que yo tuviera que gastar dinero en ella.
Fue Denise quien le contó a David acerca de los
transexuales y lo que le estaba ocurriendo a Danielle. Cuando David me dijo que
sabía, lloré de agradecimiento por Denise. Bienaventurada sea por sus
buenas intenciones – deseaba tanto abrazarla. David se encontraba bastante
estresado por los nuevos acontecimientos. Hacía lo posible por
ocultarle su parecer a Danielle – empezó a ejercitarse en el gimnasio más de lo
acostumbrado. Ben persistió en su opinión que Danielle sólo necesitaba
más atención. Le compró un programa de arte para la computadora y estaba
tratando de enseñarla a usarlo. Qué vivo fue Ben en encontrar una manera
de darle más atención que tuviera que ver con su bienamada computadora.
Danielle me contó que sus hermanos la trataban muy bien y pensaba que
ellos estaban contentos de enterarse que no era gay. Me dijo que había visto a
un transexual de 18 años en un programa de charlas por televisión y dijo: “Creo
que pude haberlo hecho mejor en expresar como se siente por dentro.”
Denise pensaba que Danielle estaba pasando muy bien por chica – incluso
los chicos en el centro comercial la miraban. Denise tenía que recordarle a Danielle que no se rascara donde le daba comezón su nuevo
sostén. Cuando Danielle empezó a recibir llamadas telefónicas, David
temía emplear los pronombres equivocados, así que evitaba usarlos por completo:
“en la alberca,” decía, “de compras,” o “no está en casa.”
Danielle me platicó de un hombre de 21 años, un vecino en los
apartamentos, quien la llevó a la tienda a comprar
laca para el cabello. “Le dije que
tengo dos hermanos mayores que son muy protectores así que no podía meterme en
apuros,” dijo ella. “Está curioso, pero media “nerd.”
Sólo podría ser un buen amigo.”
Estaba segura de que a mi nueva hija le iban a romper el corazón, pero
Danielle estaba emocionada al conocer chicos que creían que ella era una chica.
Una noche cuando la llamé por teléfono, Danielle andaba fuera en una “cita” con
el vecino. Cuando vino por Danielle, Denise pidió y apuntó su domicilio y
número de teléfono. Los chicos estaban todavía preocupados por ella y Ben la
esperó levantado hasta que llegó a casa. David decidió que antes de salir con
una chica, pediría ver uno de esos curiosos retratos de bebé desnuda. No estaba
seguro de querer salir con una transexual.
David y Ben discutían como decírselo a su padre. Inventaron una trama para ablandar las
noticias: le dirían que David era gay,
Ben travesti, y Daniel transexual. Así,
él quedaría aliviado al aprender la verdad que sólo Daniel era transexual. Hablaban y reían acerca de lo que imaginaban
sería la reacción de su padre. Nunca
llevaron a cabo su trama, pero me agradó que mis hijos eran capaces de manejar esta
situación única con humor y sentido común.
Después que sólo había estado Danielle en Arizona por dos
semanas, David me dijo que la situación era algo estresante y que prefería que
Danielle regresara a casa. El pesar es una parte del proceso por lo cual una
familia se ajusta cuando un hijo se revela ser gay o transexual, y David lo
expresó al decirme, “siento como si mi hermano hubiera muerto y no reconozco
esta nueva persona.” David también se culpaba parcialmente porque había estado
presente durante toda la niñez de su hermano, y creía que debe de haber hecho
algo equivocado.
Algunas veces pensé, “Lo único que quiero es que vuelva
mi Daniel.” Esperaba en secreto que
Danielle me llamaría para decir que había cambiado de opinión e iba a volver a
ser nuevamente mi hijito. Yo quería
alejarme caminando de todos estos nuevos problemas y seguir con la vida mía
como era antes. Sin embargo, surgieron
tantas cosas de las cuales tenía que tratar que no me quedaba mucho tiempo para
el pesar.
Mi dolor más grande era reconocer las penalidades que
esperaban a mi nueva hija. Podía ver que
iba a ser un camino muy largo y no nos era disponible un mapa que podíamos
seguir. Me pregunté si yo sería
suficientemente fuerte para hacer frente a esta nueva situación, y tantas veces
me pregunté, “¿Bastará el amor de una madre?”
* . * . * . * . *
Cuando todos mis hijos estaban en Phoenix, comencé a
buscar información, y mi parada primera era el Centro Gay y Lesbiana. Hasta el momento en que Daniel nos reveló que
era una chica, me había resignado con que era gay por lo que había esperado
ponerme algún día en contacto con el Centro.
¿Bastará el amor de
una madre?
Cuando yo era joven, todas mis experiencias con gays
habían sido positivas. “Tío Roberto,” el
padre de uno de mis mejores amigos, era además casi una parte de nuestra
familia. Sabíamos que era gay pero
también sabíamos que era una persona buena y confiable, y un adulto de
importancia en nuestras vidas.
Un compañero de clase y su hermana gemela eran mis
mejores amigos durante la escuela preparatoria.
Este compañero, Felipe, muchos años después se me reveló ser gay al
explicarme que salió de su religión porque los cristianos desaprobaban de los
gays. Cuando lo visité en San Francisco,
él vivía con dos amigos en un apartamento hermosamente decorado donde todos
compartían las responsabilidades domésticas.
Me fijé en el ambiente pacífico, tranquilo y respetuoso que se extendía
por su hogar, lo que me parecía tan distinto de las relaciones estresantes,
amargas y opresivas que yo había visto en muchos hogares de
heterosexuales. Aunque no lo sabíamos,
había en mi escuela parroquial un maestro sumamente respetado que era gay. Enseñaba inglés de una manera interesante y
desafiante. Era casado y sus hijos
formaban una parte de nuestro grupo social.
Años atrás lo visité al enterarme que moría del SIDA, y descubrí que
todavía se interesaba por nuevas ideas y proyectos. Compartí con él las inquietudes que tenía por
mi hijo más joven.
Estos tres hombres, igualmente como todos los otros gays
y lesbianas que conocía, me parecían personas extremamente respetables. Cuando creía que Daniel era gay, suponía que
también llegaría a ser un buen ser humano.
No me culpaba por nada porque había criado a todos mis hijos de la misma
manera. Tan temprano que tenía cinco
años me dio cuenta que Daniel era afeminado y distinto de los otros chicos,
pero sabía que no escogió ser así. Es mi
creencia que algunas personas simplemente nacen gay, igual a como nací yo con
pelo rizo y vista inferior. Yo no sentía
que lo influenciaba ninguna fuerza ajena ni creía que él pecaba.
Afortunadamente ya había leído que el género del feto se
determina en el útero por las hormonas a las cuales está expuesto. Se necesita en el cuerpo de la madre una
cuantía muy pequeñita de hormonas masculinas exactamente al momento correcto
para el desarrollo normal de los genitales masculinos y el modelo masculino de
pensar. Infrecuentemente va algo por mal
camino, y puede que haya una cuantía de hormonas masculinas suficientes para el
desarrollo de los genitales masculinos pero menos de la suficiente para
resultar que el cerebro del bebé tenga el modelo masculino de pensar. Aunque saber que Daniel era transexual me
sorprendió y chocó, creo que podía aceptarlo más fácilmente por saber que nació
así.
* . * . * . * . *
Estaba a punto de lágrimas al visitar por la primera vez
al Centro Gay y Lesbiana, y me agradó conocer una amable y simpática consejera
novata. Cuando le pedí dirección para
ayudar a un chico que deseaba ser una chica, no me podía aconsejar porque
admitió no saber nada al respecto. Me
alabó por ser una madre maravillosa y por querer ayudar a mi hijo, y luego hizo
para mí una cita con otro psicólogo del Centro que tenía experiencia con
transexuales. Ella también me dio el
número de teléfono del Rincón Neutral, un grupo de apoyo para transexuales y
travestis.
Lo próximo que hice era ir a la biblioteca del hospital
donde encontré artículos acerca del uso de hormonas y acerca de los verdaderos
procedimientos quirúrgicos que se utilizan en un cambio de sexo. En un estudio leí que teorizaban que los
transexuales suelen tener más hermanos que hermanas, y nacen más tarde en una
serie de hijos. Otro artículo teorizaba
que algunas carencias en el útero pueden causar que nazca un transexual. Un tercero contó los detalles de las
transiciones de género—de cuerpo, cerebro y alma—de un grupo de
transexuales. Hay poca información
acerca de las vidas de las transexuales pos-operativas porque tantas se
sumergen invisiblemente en la sociedad para continuar con la vida, y pocas
veces regresan a hablar con los investigadores.
Había unos pocos viejos estudios psicológicos de niños que tenían
disforia de género, pero estos estudios trataron de una muestra tan pequeña de
niños que no valía generalizar de ellos.
Al fin de cuentas, no encontré en los libros ningunos consejos útiles
para mí. Necesitaba un libro que me
diría, paso por paso, “como se puede
criar a la transexual perfecta,” o que diría, “después que tu adolescente
te revele que es transexual, se debe hacer esto, esto y esto.”
Como se cria a la
transsexual perfecta
En el cercano hospital universitario me informaron que
los psicólogos especialistas cobraban $100 por hora y que necesitarían dos
horas para diagnosticarlo. En el
Hospital de los Niños me dijeron básicamente lo mismo, y en la cercana oficina
estatal de salud mental no había especialistas.
Pronto me di cuenta que los arreglos financieros eran de importancia
capital, porque la primera pregunta que me hicieron en cualquier facilidad
médica era, “¿Qué clase de seguro médico tiene Ud.?” Me sentía completamente a solas. No sabía nadie lo que se debe hacer, pero
tratarían de descifrarlo a un costo extravagante.
En esa época acababa de conectarme al mundo de
computadores, pero ni siquiera por la internet habría encontrado mucha
información acerca de adolescentes con disforia de género. Aunque mis amigos y parientes no sabían más
que yo del asunto, me confortó hablar con ellos. Mi madre y mi hermana mayor me apoyaron y me
tranquilizaron. Al oír acerca de Daniel,
mi madre reaccionó: “¡Así! ¡Por
supuesto! Eso explica tanto.”
Chula, mi amiga mexicana y “comadre” (la madrina de
Daniel) no era sorprendida acerca de Daniel porque reconoció cuando él tenía a
eso de dos años que caminaba como una niña.
Chula no tenía ningún problema de entender y aceptar la situación, y
incluso había leído artículos acerca de transexuales en revistas
mexicanas. Esperaba problemas con el
padre de Daniel por causa de su machismo.
“Ya que no ha ayudado nunca con los niños,”dijo, “o debe ser agradable o
callarse por completo.”
Vinieron mis primeros descubrimientos importantes durante
mi consulta de consejería en el Centro Gay y Lesbiana. El consejero experimentado se veía como un
hippie con su arete, su barba, una pipa en el bolsillo de su camisa estilo
Hawaii y sus sandalias. Sólo conocía de
unos pocos adolescentes transexuales, y de menos todavía que se habían sometido
cirugía de reasignación sexual, pero contestó muchas de mis preguntas: dudó que Daniel pasara por una fase; no sería
fácil arreglar que un médico o endocrinólogo le proporcionara las hormonas a un
menor de edad; me informó que es peligroso comprar las hormonas en la calle
aunque algunos las compran así para ahorrar dinero; dijo que el uso de hormonas
pondría fin al crecimiento de alguno del pelo y que la electrólisis acabaría
con el resto; y que la mayoría de los efectos de las hormonas desaparecería al
descontinuarlas. El éxito de cualquier
transexual depende en parte de como pasa por mujer, y el consejero creía que
podía determinar por mirar una foto de Daniel si podía pasar bien como
mujer. Preguntó acerca de su figura y de
la altura de su padre. Pero la capacidad
de Daniel de pasar por mujer no me preocupaba porque ya lo había visto como
mujer y me pareció increíblemente femenina.
Me informó que había algunos lugares en los Estados
Unidos donde se ejecutan con resultados excelentes la cirugía de reasignación
de sexo a un costo de aproximadamente $10.000, y que la terapia hormonal
costaría a eso de $100 mensualmente.
Esta era información importante porque tendría que encontrar una manera
de manejar estos costos.
El tratamiento hormonal e quirúrgico de las personas con
disforia de género es estrechamente regulado por un grupo fundado en 1979 por
psiquiatras, médicos y otros proveedores de servicios de salud. Este grupo, La
Asociación Internacional de Disforia de Género Harry Benjamin (HBIGDA), ha
establecido protocolos que exigen, antes de que se permita la cirugía de
reasignación de sexo, una avaluación intensa y de largo plazo por un psicólogo,
psiquiatra o consejero profesional que tiene experiencia comprobada en el campo
de disforia de género. Estos protocolos
no son leyes escritas, pero puesto que sólo hay algunos pocos cirujanos que
practican esta cirugía y todos estos siguen los protocolos, viene a lo mismo.
El primer paso consiste de que uno de los profesionales
ya mencionados avalúe a la persona con disforia de género durante un período de
tres meses antes de habilitarle a recibir terapia hormonal. Entonces, se exige de la persona que viva y
trabaje por un año de tiempo completo en el papel del sexo opuesto antes de que
se le considere para la cirugía. Se
exige también contacto continuo con el psicoterapista durante este año porque
es necesario la autorización de dos psicoterapistas antes de que se puede
considerarle para la cirugía de reasignación de sexo.
No estaba preparada a pensar acerca de la cirugía. Tuve necesidades más urgentes, tales como
determinar ahora mismo la mejor manera de ayudar a mi adolescente. El primer consejero me parecía una persona
comprensiva y compasiva, y con él me sentí confortable. Dijo que le agradaría aconsejar a Daniel,
pero que no estaba calificado para escribir una carta de recomendación para la
cirugía. Ofrecía sus servicios a base de
donación, o gratis por el Centro Gay y Lesbiana.
Un tal señor del Rincón Neutral volvió a
telefonearme. Este grupo no disponía de
ninguna información para adolescentes, dijo, y no conocía a ninguna transexual
tan joven como mi hijo. Me invitó a
asistir a una reunión de apoyo, y dijo que yo podía usar su biblioteca. Como resultado de ese contacto, me llamó por
teléfono la esposa de un travesti.
Después de más o menos un año de ser casados, ella supo que su marido se
transvestía, pero con amor y consejería habían conseguido resolver la
situación. Incluso sus dos hijos sabían
del transvestismo del padre y parecían manejarlo bien. Un sacerdote le dijo a ella que el
transvestismo no era un pecado si lo que hacía no dañaba a nadie. Ella me animaba y apoyaba, y aunque eran
completamente distintas nuestras situaciones, me gustaba poder hablar con
alguien que entendía los problemas que nos enfrentábamos.
La mayoría de la información acerca del transexualismo
que encontré se trataba de adultos, por lo que sentí como si empezara de
cero. Pensaba que era posible que otros
padres que se habían tratado de la misma situación me ayudaran. ¿Qué hicieron que salió bien? ¿Cuáles errores cometieron? ¿Cómo manejaron la situación escolar? ¿Cómo pueden los padres ayudar?
Yo sabía que tuve que aceptar a este niño como una niña,
aunque no tenía ni una idea como criar a una niña, pero resolví hacer todo lo
posible para proporcionarla una buena vida.
Para acomodar a una hija adolescente sería necesario un cambio en mi
manera de pensar y hablar. Hice votos de
que, antes de que regresara de Arizona, podría llamarla de su nuevo nombre y
los femeninos pronombres apropiados.
Para practicar, me cantaba, “Tengo una nueva hija. Se llama Danielle. Ella es muy mona. La amo.”
Lo más difícil era acostumbrarme a la palabra “hija,” ya que siempre
había usado términos masculinos con mis hijos:
“¡Vámonos chicos! Mis
chicos. Mira, hombrecito, nada de
eso.” Hice lo más que pude para evitar
el uso de términos que presupondrían un género, como “niño” o “muchacho,” y
substituí términos neutros como “joven” o “adolescente.” Durante ese tiempo cuando luchaba con los
asuntos de género, me dio la paz pensar de mi hijo como un ángel, puro, inocente
y perdido, ni masculino ni femenino. Incluso
me pregunté si había un propósito en el gran esquema universal por lo cual
recibí este niño. Claro que me ocurrió
el pensamiento, “¿Por qué yo?” pero también llegó inmediatamente la respuesta,
“¡Porque puedes!”
Quedé convencida de permitir que Danielle estableciera su
propio ritmo hacia su futuro; no la
empujaría ni la frenaría. Sería mi
responsabilidad proporcionarla toda la información disponible, discutir las opciones
con ella, y pagar las cuentas de cualquier terapia o cirugía. También juré hacer de nuestro
hogar—dondequiera que fuera--un asilo inviolable del mundo, un lugar donde
sentiría segura y sin ningún estrés ni desaprobación de mí. Ella sería bienvenida a ir a todas partes
conmigo, exactamente como en el pasado.
No iba a esconderla ni tener vergüenza de ella.
Cuando Danielle estaba en Arizona, donde experimentaba
nuevas cosas, asistí a una fiesta de cumpleaños donde el convidado de honor
sabía de los desarrollos recientes de Danielle pero los demás convidados no
sabían. Cuando me preguntaron los demás
acerca de mis hijos, era difícil contestar.
Iba repetidas veces al baño para secar mis ojos.
Asistían también a esta fiesta algunos niños, y escuchaba
a las madres que cambiaban cuentitos acerca de sus muchachos. Yo quería decir, “Uds. piensan que son muchachos.”
Cuando miré un niñito con una cara linda, me preguntaba acerca de su
identidad verdadera. Había cambiado mi
perspectiva del mundo entero. Mi hermana
trabaja en hacer exámenes de ultrasonido de los bebés prenatales, y muchas
veces informa a los padres del género de sus bebés, según se revela por los
genitales que puede ver. Me pensé: “Deben dar a todos los padres un aviso que el
feto sí puede tener genitales masculinos pero que el género verdadero pueda que
no revelarse hasta después del transcurso de muchos años.”
El grupo de apoyo del Rincón Neutral tenía reuniones
mensualmente para la gente con problemas de identidad de género. La primera vez que asistí a una de las
reuniones, me quedaba en el estacionamiento por un buen rato tratando de
juntarme el valor para entrar. Tenía
miedo acerca de la gente que iba a conocer.
Finalmente entré, motivada por la esperanza de encontrar respuestas a
algunas de mis preguntas. Admito también
que me interesaba por ver como parecían los transexuales.
No podía determinar cuales eran travestis y cuales
transexuales, o si ellos que parecían hombres fueran hombres de verdad. Era muy difícil hablar a cualquiera, porque
descubrí que la manera de que solía iniciar una charla con una persona dependía
de su género. Siempre que conocí a
hombres en el pasado, inicialmente trataba de averiguar si fueron solteros o de algún modo elegibles, y
después hablaba de su trabajo, sus deportes, carros o computadoras. Siempre que conocí a mujeres, hablábamos
acerca de la ropa, los hijos, el trabajo, o los hombres. Cuando era un misterio el género, luchaba
para charlar. Tuve que orientarme de
nuevo acerca de lo que conocía del género, una cosa que antes había dado por
sentado.
Después de unos minutos se me presentó una persona que se
parecía un hombre, y dijo que era un travesti pero que esa noche no se había
vestido de mujer, y me preguntó por qué yo asistía a la reunión. Pronto le era evidente que yo apenas podía
hablar sin llorar, por lo que cambió de tema, hablando de la política y después
del sistema de medicina y otros asuntos que no tenían nada que ver con el
género. Era de todo parecer un buen
conversacionalista, inteligente y amable.
No parecía excéntrico, extraño, o ninguna de las cosas que temía
encontrar en la reunión.
Entonces una pareja, un hombre y una mujer, me revelaron
que ella era una transexual hombre a mujer y él un transexual mujer a
hombre. Recientemente los dos habían
pasado juntos por sus transiciones de género.
No conocían a ningún joven transexual, ni tenían experiencia con las
escuelas, pero me dieron los nombres de algunos consejeros y endocrinólogos, y
expresaron su apoyo mientras yo trataba de ayudar a mi nueva hija. Me hizo muy feliz haber descubierto un grupo
de gente amable que hablaba de computadores, de sus familias y las modas, y esa
noche gané amistades que me ayudaron mucho en mi viaje por un territorio nuevo
y desconocido.
Con el transcurso de la noche conocí a todos y supe que
muchos eran exitosos hombres de negocios que tenían esposas que los
apoyaban. Algunos eran travestis
vestidos de mujer y otros se vestían “de gris,” es decir no de mujer esa
noche. Aprendí a diferenciarlos. Otros eran transexuales hombre a mujer o
mujer a hombre, y me sorprendió y me
alegró que parecía la mayoría feliz y bien ajustada. Algunas de las mujeres se vestían muy de
moda, mientras yo vestía como siempre sin aretes o zapatos de tacón alto, ni
esmalte de uñas. Me incluyeron muy
graciosamente en su comunidad amistosa, y me dieron prestados unos libros de su
biblioteca. Era interesante encontrar
libros acerca de personajes griegos mitológicos que fueron transexuales y otros que no
fueron tratados como si sufrieran de una enfermedad mental. Los indígenas norteamericanos también tenían
en sus tribus muchos transexuales, y los acomodaron con respeto como líderes y
sabios porque podían entender el mundo de ambos puntos de vista, el masculino y
el femenino. La sociedad indígena
tradicional también mostró una amplia aceptación así que los niños pudieran
escojer cual género o papel de género querrían adoptar. Aunque los libros hablaban principalmente de
adultos, los leí porque quería aprender todo lo posible del asunto. La experiencia en el Rincón Neutral me dio el
primer rayo de luz que tal vez pueda esperarle a Danielle un futuro feliz y
exitoso.
* . * . * . * . *
En camino al aeropuerto para recoger a mi nueva hija
cuando regresó de Phoenix, me preguntaba si la iba a reconocer. ¿Sería realmente una adolescente mona? No debo haberme preocupado, porque me pareció
adorable—vestida tal vez algo cursi—pero de todas formas femenina y
bonita. Inicialmente ella estaba un poco
dudosa acerca de mi aceptación pero cuando la abracé y le dije que la amé, una
de las primeras cosas que me dijo era, “No puedo regresar nunca a la escuela
como chico. Estoy demasiado feliz como
una chica, así que jamás podría cambiar.”
Ya había concluído lo mismo yo.
Ella me dijo las gracias tantas veces por haberla permitido ser una
chica, y me dijo cuanto les amaba a sus hermanos y Denise por su apoyo.
Después de algunas semanas les parecía evidente a todos que conocían a Danielle que este cambio le era un proceso feliz y maravilloso. Era exuberante y optimista acerca de su nueva vida mientras la persona que se había sido ocultado comenzaba a emerger. Comencé a dejar caer el papel masculino que había tratado de mantener. Todavía aguantaba algo del demonio de un chico sentado en su hombro, susurrando que ya estaba presente lo masculino, pero el demonio iba callándose. Al convencerse cada vez más que el mundo la veía como una chica, permitía brotar más de su carácter lindo y lo exponía al mundo. ¡Era una celebración de la vida!
[SJ update of 9-17-04]